La concepción de la palabra griega utopía conlleva
indefectiblemente la condición de la imposibilidad de realización, al
encontrarse circunscrita al ámbito de los sueños, las aspiraciones y el
mito. En la historia de la humanidad desde Platón, que 300 años antes de
Cristo establecía las características de una sociedad ideal con la
República, ya se van estableciendo las pautas que seguirán más tarde
connotados intelectuales en la configuración de un mundo que para muchos
al momento de plasmar su pensamiento era una idea fantástica, que sólo
tenía posibilidad de supervivencia en el ámbito de Calderón de la Barca:
los sueños.
La utopía es motivada por el deseo de cambio y el
anhelo de una realidad mejor. Desde esta motivación parten todos esos
esfuerzos por crear estímulos y ensanchar horizontes, sustentada en la
conciencia predeterminada de que sus propuestas siempre se mantendrán
como idealizaciones inalcanzables por la humanidad.
La bibliografía de novelas y ensayos utópicos es rica
y diversa, caben destacarse entre otros importantes textos: La Utopía
(1516) de Tomás Moro, la Nueva Atlántida (1622) de Francis Bacon,
la Ciudad del Sol de Tommaso Campanella, los Viajes de
Gulliver (1726) de Jonathan Swift, Erewhon (1872) de Samuel
Butler, Somnium (1571) de Johannes Kepler, que describía el sueño
de un viaje a la luna, Frankenstein (1818) de Mary Shelley, y
La Máquina del Tiempo (1895) de Herbert George Wells.
En estos días encontré traducida al español la novela
Un Mundo Feliz (Brave New World) del científico y escritor inglés
Aldous Huxley (1894-1963), cuya primera edición data del año 1932. Entre
las novelas más importantes de este autor, además de ésta (mal llamada
como antiutópica, aunque es un tipo de utopía diferente por su
carácter pesimista respecto a la evolución social), se encuentran
Crome Yellow (1921), Antic Hay (1923), Those Barren Leaves
(1925), Point counter Point (1928), Eyeless in Gaza (1936),
After many a Summer Dies the Swan (1939), The Perennial
Philosophy (1946), The Devils of Loudun (1952) y The Doors
of Perception (1954).
En Un Mundo Feliz, Huxley establece las
cuestiones más candentes de las proyecciones científicas del primer
cuarto del siglo XX. La novela comienza con la utopía de la fecundación
artificial explicando todo un proceso moderno denominado método
Bokanovky, mediante el cual se hacía una extirpación de los ovarios,
estableciendo técnicas para conservar su vitalidad y desarrollarlos
activamente. La particularidad de estos óvulos bokanovskificados de
Huxley era que "podían subdividirse y proliferar, generando de 8 a 96
brotes, y cada brote llegará a formar parte de un embrión perfectamente
constituido, y cada embrión a su vez se terminará convirtiendo en un
adulto normal. Una producción de nada menos que 96 seres humanos donde
antes sólo se conseguía uno".
Huxley jamás se imaginó que en este mismo siglo los
avances de la ciencia, en especial de la ingeniería genética,
permitirían la fecundación artificial (in vitro) y la posibilidad de
clonación que en estos días se ha evidenciado con la reproducción de
abejas, monos y ovejas, en primer término, pero que por lo visto nada
impediría, sino es que ya se ha hecho, su experimentación en seres
humanos.
Otra de las utopías descrita en Un Mundo Feliz
es la música sintética, cuando "Lenina y Henry cruzan la calle en
dirección al Cabaret de la Abadía de Westminster, donde los letreros
luminosos impedían la visión de las tinieblas exteriores y anunciaban el
mejor órgano de colores y perfumes. Toda la música sintética más
reciente. Calvin Stopes y sus 16 sexofonistas, tocan una vieja canción
de éxito No hay en el mundo un frasco como mi querido frasquito".
Más adelante, realiza una descripción estupenda de los efectos de la
música sintética: "Los sexofones maullaban como gatos melódicos bajo la
luna, gemían en tonos agudos, atenorados como en plena agonía. Con gran
riqueza de sones armónicos, su trémulo coro ascendía hacia un clímax,
cada vez más alto, más fuerte, hasta que al final, con un gesto de la
mano, el director daba rienda suelta a la última nota de música etérea y
borraba de la existencia a los 16 músicos, meramente humanos".
Parece como si Huxley estuviera describiendo
cualquiera de los más connotados grupos de música pop y rock ácido de la
actualidad, que con sus ritmos estridentes buscan hacer el mayor
alboroto posible, cantando las más disparatadas melodías y usando las
modas más alocadas.
En este libro existe la realidad virtual, los
crematorios para todo tipo de desechos incluyendo el cuerpo humano;
dibuja una sociedad de consumo en donde existe una competencia voraz y
que se rige por las leyes del mercado.
Sesenta años después de haberse escrito esta novela
parece como si tratara de profecías que en el mismo siglo XX se
convertirían en realidad, muchas veces hasta aventajando los límites de
su mirada. Los avances de la ciencia y la tecnología, el desarrollo de
la información y el conocimiento han permitido que esta novela resista
el paso del tiempo y se transforme en un testimonio de la modernidad.
Todo conduce a obligarnos a admitir, con estas
pruebas irrefutables, que no existe aspiración alguna de los hombres que
con el paso del tiempo no pueda convertirse en realidad. La evolución de
la raza humana es evidente, la aceleración de la historia ha desvirtuado
todo sueño fantástico para en la realidad superar con creces los
laberintos de la imaginación.
Precisamente esta realidad, que golpea a la cara con
su evidencia, obliga a reconsiderar el no ha lugar del término
utopía, para albergar como una posibilidad otra alternativa más flexible
de su conceptualización, adicionando un nuevo significado, en el que se
reduzca el alcance de la utopía como algo imaginario que no se puede
localizar en el presente en punto alguno de la geografía. Esta hipótesis
permitiría otorgar a esa literatura utópica una existencia momentánea,
para no descartar que estos textos sustentaban ideas y propuestas
imposibles de convertirse en realidad en el momento de su surgimiento.
Todos estos hombres y mujeres que han novelado estas aspiraciones por un
futuro mejor, en la mayoría de los casos, no vivieron lo suficiente para
ver convertidos en realidad sus sueños, manteniendo estos anhelos, tal y
como los concibieron, simples utopías.
El vértigo de los cambios y el progreso
tecnocientífico ha permitido indudablemente la decadencia del
planteamiento utópico en la medida en que la inmediatez ha superado las
propuestas de futuros mundos felices. El hombre asume sus desafíos por
mejores condiciones de existencia en un presente que le exige respuestas
inmediatas a las rápidas transformaciones que se producen en todos los
campos. No puede aspirar a cuestiones muy etéreas cuando la velocidad de
los cambios apenas le permite ir adaptándose de inmediato a las nuevas
formas. Definitivamente asistimos a una era histórica en la que los
avances de la humanidad tienen como único límite la propia imaginación.
Somos testigos de cómo todos los muros físicos, ideológicos y abstractos
que han circunscrito la existencia por siglos, se han derrumbado para
dar paso a la constante posibilidad de novedad y evolución. Somos
partícipes, sino del fin de la historia como propone Fukuyama, por lo
menos sí del colapso de las utopías.